miércoles, 7 de diciembre de 2011

Dilemas éticos: La duda de Don Antonio


Dilemas morales, la visión del extranjero

La idea de la actividad y los textos en cursiva fueron tomados de José María Alonso “La educación en valores en la institución escolar: planeación-programación”, México, Editorial plaza y Valdez, primera edición, 2004, páginas 284-286.

Bloque I

Don Antonio es propietario de una pequeña fábrica textil donde trabajan su hermano, su hijo y dos personas más, además de él.

Don Antonio es hijo de inmigrantes españoles, tiene dos hijos: Manolo y Santiago. Manolo ayuda a su padre en la fábrica textil. Mientras que su hijo menor, Santiago, decidió emigrar a España en la crisis del 2001 y se gana la vida lavando copas en un bar. A Santiago no le gusta mucho su trabajo, pero lo necesita, ya que, gracias a él puede enviarle dinero a su padre, quien no se encuentra atravesando un buen momento económico.

La vida en España no es fácil, Santiago extraña mucho a su familia, a sus amigos y a su barrio. En una charla telefónica Santiago le ha dicho a su padre: _Che, viejo ¿Sabes qué es lo que más extraño? Que me llamen por mi nombre…acá todos me dicen “El Argentino”.

Actividad N°1:

Luego de la lectura reflexiva, responde:

1-¿Cuál es tu opinión con respecto a la decisión que tomó Santiago de emigrar a España?

2- ¿Crees que Santiago tuvo posibilidad de elegir su trabajo en España?

3-¿Cuáles son a tu criterio, los aspectos favorables y desfavorables de su decisión?

4- Sería interesante que te pusieras en el lugar de Santiago, tan sólo por un momento... ¿Cuáles crees que serían sus sentimientos? ¿de pertenencia e inclusión o de rechazo?

Fuentes de información:

Para la realización de dicha actividad se recomienda la visualización de los siguientes videos:

  • Agresión racista de un español hacia una joven ecuatoriana


  • Informe del programa CQC Argentina sobre el racismo en el país




Bloque II:

Como bien dijimos, en la pequeña fábrica textil de don Antonio trabajan dos personas más, aparte del hermano de don Antonio y el hijo del mismo.

Los dos trabajadores son: Marcelo y Evo.

Marcelo es un muchacho de 23 años que ha trabajado en diferentes ocupaciones hace un tiempo se le presentó la posibilidad de trabajar con don Antonio, que es amigo de su Papá. Marcelo no conocía el trabajo en una fábrica textil, pero ha descubierto que le gusta mucho y ha hecho importantes progresos. Primero tomó el trabajo por hacer algo y porque necesitaba dinero—aunque vive con los padres y no tiene intención, por el momento, de independizarse—, sin saber cuánto tiempo aguantaría en esa ocupación, pero ahora ha descubierto que le gusta y querría especializarse. Además, a la larga le permitiría ir a vivir solo.

Marcelo mantiene una muy buena relación con Evo, el otro trabajador de la fábrica, aprende mucho de él, dado que Evo tiene una larga experiencia en la industria textil y no duda en trasmitir su experiencia a Marcelo.

Evo, de 29 años, es el segundo trabajador. Nació y vivió en Bolivia hasta que tuvo que salir del país porque no tenía recursos para mantener a su familia. En su pueblo trabajaba en una fábrica textil, pero la gran crisis del país hizo que ésta cerrara. Se encontró en la situación de elegir entre un trabajo con poco futuro en una granja o emigrar. Decidió venir a nuestro país y tuvo suerte de encontrar trabajo en la fábrica de don Antonio, porque sin trabajo no tenía permiso de residencia y no podía tener a su familia con él.

Evo es muy trabajador y como tiene experiencia en la industria textil, no duda en enseñarle a Marcelo todo lo que sabe. Evo tiene dos hijos, la pequeña Aymara de 3 años y Dionisio de 6 años. Dionisio va a primer grado, le gusta mucho la escuela. Aunque no tiene muchos amigos. Dionisio le contó a su mamá que en la escuela sus compañeritos lo llaman todo el tiempo “Bolita”.

Don Antonio está pasando un mal momento y se ve en la necesidad de despedir a un trabajador. Por la amistad con el padre de Marcelo y porque el muchacho es trabajador, duda que deba despedirlo, pues, además, nunca le ha gustado del todo la gente de fuera. Pero, por otra parte, también ve que Evo es un buen trabajador que ha tenido que emigrar y que, si se queda sin trabajo, deberá regresar con su familia a una situación muy incierta en su país.
En estas circunstancias, don Antonio no sabe qué hacer: ¿Qué harías tú?


Actividad N°2

Para la realización de la siguiente actividad divídanse en dos grupos:

¿Qué debería hacer don Antonio?

Actividad N°3

Los alumnos realizaran una puesta en común, donde confrontaran opiniones y perspectivas distintas. Luego de la reflexión grupal, la totalidad del grupo resolverá el dilema moral. Para su realización pueden utilizar la WIKI para resolver el dilema en conjunto.

Actividad N°4

Para finalizar, se propone a los alumnos la visualización del documental “Nos Otros” del director Daniel Raichijk.



Luego, contesten reflexivamente:


1. Cuando a un trabajo se presentan dos personas, una del país y otra extranjera, ¿Qué criterios crees que se deben establecer para hacer la contratación?


2. ¿Crees que despidiendo o no dando trabajo a personas extranjeras se consigue frenar la crisis de un país?

Actividad N°5

Para finalizar les proponemos la creación de un video o presentación multimedia, en donde se exponga la experiencia de la actividad.

A modo de ejemplificador compartimos un video realizado por los alumnos de 3ro 3ra T.M del colegio “Mariano Moreno”.

(próximamente)

martes, 6 de diciembre de 2011

Unidad IV: Ética


Dilemas éticos

Si la Ética trata del obrar humano, debe­mos detenemos a analizar nuestras acciones Cuando nos detenemos a reflexionar cómo resolver una situación que se nos presenta conflictiva, y pensamos en todas las vías posibles de solución, y en las consecuencias de cada una de ellas, hace­mos un proceso deliberativo. Este análisis nos ayuda a tomar la decisión que resuel­ve el conflicto.

Las consecuencias que se derivan de ca­da camino a seguir se llaman considera­ciones, y una de ellas, la que preferimos, será el criterio de nuestra acción.

Pensemos en la siguiente situación: “ Se acerca un chico a pedirnos una moneda”

¿Qué conducta debo seguir?

Supongamos que elegimos la op­ción de darle las monedas aunque no le al­cance para mucho, aunque alguien se las quite y aunque no se quede muy tranquila: lo hacemos porque simplemente pensamos que es­tá bien ser solidario.

Esta consideración que guía la acción es el criterio. preferimos ser solidarios, y por lo tanto dar las monedas.

Si en cambio hubiéramos elegido dar las monedas para quedarnos tranquilos con nuestra conciencia, este sería el criterio de la acción: la tranquilidad interior.

Cuando elegimos entre una opción u otra estamos haciendo uso de nuestra libertad.

Cuando adoptamos un criterio, es decir la consideración que se nos presenta con más fuerza, la que preferimos, estamos manifestando un valor. Los valores nacen de nuestra libertad, de poder elegir de acuerdo con nuestras pre­ferencias, elegir lo que creemos más con­veniente según la situación, entre lo que resulta bueno o malo, decir la verdad o mentir, quedarse tranquilo o sentirse culpa­ble, comprometerse con los demás o ser indiferente.

Reflexionemos a partir de la obra Antes del fin de Ernesto Sabato donde relata varias situaciones en las que tuvo que tomar decisiones que resultaban claves para su vida, y también para la de sus seres queridos.

En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avan­zando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba.

[...] yo estaba fatalmente desgarrado entre lo que había significado para mí esa vocación, a la que había sacrificado años, y la incierta pero invencible presencia de un nuevo llamado. Momento pendular en que ya no encontramos la identidad en lo que fuimos.

En tinieblas volví a Buenos Aires. La decisión estaba tomada en mi espíritu, pero debía arraigarse en la lucha con quienes me tentaban con puestos importantes y me agobiaban con su certeza de la trascendente misión que yo debía a la física. [...]

Hice ese tránsito, como un puente que se extendiera entre dos colosales monta­ñas, por momentos mareado y sin saber lo que estaba haciendo, y en otros, en cambio, con el gozo irrefrenable que acompaña al nacimiento de toda gran pa­sión. [...]

Cuando a principios de la década del cuarenta tomé la decisión de abandonar la ciencia, recibí durísimas críticas de los científicos más destacados del país. [...]

Acompañado por Matilde y Jorge, de cuatro años, me fui a vivir a las sierras de Córdoba, en un rancho sin agua corriente ni luz eléctrica, en la localidad de Pantanillo. Bajo la majestuosidad de los cielos estrellados, sentí cierta paz.

Indudablemente, la decisión que tomó Ernesto Sabato cambió radicalmente su vida. Las posibilidades que se abrían ante él eran seguir investigando como físico matemático o abandonar la ciencia y dedicarse al arte.

El escritor eligió la segunda opción y, por lo que nos cuenta, podemos deducir que el criterio que guió su acción fue hacer lo que realmente sentía. Privilegió ser au­téntico consigo mismo y este es el valor que manifestó su decisión.



Fuente: Arca C,“Filosofía y formación ética y ciudadana I”, Ed Kapelusz, Bs.As, 2000.


Unidad IV: Ética

Ética y Moral

La ética deriva del griego ethos y significa: carácter, costumbre. La moral deriva del latín mos y también significa: carácter, costumbre. En la vida cotidiana, suele utilizarle la palabra ética y Moral como si fuesen sinónimos, sin embargo, hay una diferencia, meramente técnica, filosófica. La moral es el conjunto de normas derivadas de la religión judeo-cristiana y con las que guiamos nuestra conducta, muy por el contrario, la ética, es la reflexión sobre esas normas morales, es decir, lo que hace la ética es cuestionar, analizar, preguntar el por qué de dichas normas, para obtener un fundamento racional.

Normas morales y normas Jurídicas

Si dijimos que la moral es un conjunto de normas…¿En qué se diferencian las normas morales de las jurídicas?


Fuente: Mirta C.R Guarda, “Filosofía”, Ediciones Saint- claire, Bs.As, 2000.

Unidad III: Antropología filosófica

Jean Paul Sartre: el hombre es lo que él se hace

En su obra El Existencialismo es un Humanismo, el filósofo francés Jean Paul Sartre (1905-1980) afirma que lo común a las escuelas existencialistas (atea y cristiana) es el considerar que la existencia precede a la esencia, lo que comienza a explicar con un ejemplo didáctico: cuando un artesano fabrica un cortapapel o un libro, tiene en mente el concepto de cortapapel o libro, lo que incluye además una técnica para su producción. "Diríamos entonces -afirma Sartre- que en el caso del cortapapel, la esencia -es decir, el conjunto de recetas y de cualidades que permiten producirlo y definirlo-precede a la existencia" (Sartre, J. P., El Existencialismo es un Humanismo, Buenos Aires, Sur, 1975, Pág. 15).
“(...)Del mismo modo, varios filóso¬fos han considerado a Dios como un artesano, que crea al hombre de acuerdo con cierto concepto que existía previamente en su entendi¬miento:
Así el concepto de hombre en el espíritu de Dios es asimilable al concepto de cortapapel en el espíritu del industrial (...) (Sartre, J. P., El Existencialismo es un Humanismo, Buenos Aires, Sur, 1975, Pág. 16).
Por lo tanto, de acuerdo con esta posición, también en el hombre la esencia precede a la existencia. Esta idea la compar¬ten incluso los filósofos ilustrados del siglo XVIII, que han suprimido la idea de Dios pero consideran que el "el hombre es poseedor de una naturaleza humana; esta naturaleza humana que es el concepto humano, se encuentra en todos los hombres, lo que significa que cada hombre es un ejemplo particular de un concepto universal, el hombre [...]" (Sartre J. P., Ob. cit., Pág. 16).
A continuación, Sartre afirma que su po¬sición existencialista atea es más coherente y la sintetiza del siguiente modo:
[...] si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre [.. .]¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después y tal como se haya hecho. Así, pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. (Sartre J. P, Ob. cit., Pág. 18.)
Según vemos, el hombre comienza por existir. Sartre, al igual que el resto de los existencialistas, le otorga a la palabra "existir" su sentido etimológico; "existir" significa "ir hacia fuera, proyectarse en la realidad". El hombre es proyecto, no en el sentido de plan hacia el cual tiende, si¬no su verdadera condición de ser; y como proyecto, el hombre está siempre haciéndose. Al tener ante sí un abanico de posibilidades, el hombre elige entre esta o aquella posibilidad, y lo que él es coincide con esa elección. Esta elección conlleva una responsabilidad que va más allá de su estricta individualidad, e involucra a todos los hombres:
“(...)Cuando decimos que el hombre se elige, entendemos que cada uno de nosotros se elige, pero también queremos decir con esto que al elegirse elige a todos los hombres. En efecto, no hay ninguno de nuestros actos que al crear al hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre como consideramos que debe ser. [...] Así nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que podríamos suponer, porque compromete a la humanidad entera. [...] si quiero [...] casarme, tener hijos, aun si mi casamiento depende únicamente de mi situación, o de mi pasión o de mi. deseo, con esto no me encamino yo solamente, sino que encamino a la humanidad entera en la vía de la monogamia. [...] Así soy responsable ante mí mismo y para todos, y creo cierta imagen del hombre que yo elijo; eligiéndome, elijo al hombre (...)” Sartre J. R, Ob. cu., Págs. 19 a 21.
Este concepto de responsabilidad está directamente relacionado con otros conceptos clave del existencialismo sartreano: angustia, desamparo y desesperación.
La angustia es el sentimiento que surge en el hombre al tomar conciencia de que en su elección compromete a toda la humanidad en un mismo camino. Para Sartre no constituye un factor paralizante que conduz¬ca al hombre a la inacción, sino que por el
contrario es la condición misma de la acción.
Desamparo, por su parte, significa que Dios no existe, lo cual implica la ausencia de valores objetivos, que legitimen la conducta moral de los hombres. Pero como tampoco existe previamente una naturaleza humana, que determine el curso de sus acciones y a su vez le permita dar razón de ellas, el hombre está solo y "condenado" a ser libre de elegir cómo actuar:
“(...)Así, no tenemos ni detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, justificaciones o excusas. Estamos solos sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace.(...)”Sartre, J. R, Ob. cit., Pág. 27
Por último, desesperación significa que el hombre debe hacerse cargo sólo de lo que depende de su voluntad; es decir, só¬lo es responsable de lo que cae bajo el dominio de sus posibilidades, y no del curso de los acontecimientos ni de las acciones de las otras personas:
“(...)Cuando se quiere alguna cosa, hay siempre elementos probables. Puedo contar con la llegada de un amigo. El amigo viene en ferrocarril o en tranvía: eso supone que el tren llegará a la hora fijada, o que el tranvía no descarrilará; pero no se trata de contar con los posibles sino en la medida estricta en que nuestra acción implica el conjunto de esos posibles. A partir del momento en que las posibilidades que considero no están rigurosamente comprometidas por mi acción, debo desinteresarme, porque ningún Dios, ningún designio, puede adaptar el mundo : y sus posibilidades a mi voluntad.(...) Sartre, J. P, Ob. cit., Págs. 35 y 36.
Y en referencia directa a las acciones que pueden realizar los otros seres humanos, agrega más adelante:
[...] no puedo contar con hombres que no conozco fundándome en la bondad humana, o en el interés del hombre por el bien de la sociedad, dado que el hombre es libre y que no hay ninguna naturaleza humana en que pueda yo fundarme. (Sartre, J. R, Ob. cit., pág. 37).
Para Sartre, el hecho de no esperar algo ni de las cosas ni de los otros, no conduce al hombre al quietismo, sino a obrar sin esperanzas, a contar sólo con lo que entra en el dominio de sus posibilidades, con el compromiso y la responsabilidad que ello implica.
El pensador francés finaliza su exposición afirmando que su doctrina existencialista es una forma de humanismo:
(...)Humanismo porque recordamos al hombre que no hay otro legislador que él mismo, y que es en el desamparo donde decidirá de sí mismo; y porque mostramos que no es volviendo hacia sí mismo, sino siempre buscando fuera de sí un fin que es tal o cual liberación, tal o cual realización particular, como el hombre se realizará en cuanto humano.(...) Sartre, J. R, Ob. cit., Pág. 64.



Fuente: FILEC II, ed KAPELUSZ, Nelva E. Morando, Claudio M. Arca, Bs As, 2000.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Unidad III: Antropología filosófica

Karl Marx: el hombre es el mundo del hombre


Su interpretación de la Historia

Pocos filósofos han tenido tanta influencia en nuestra época como Karl Marx. Su pensamiento recorrió el mundo, inspirando ideológicamente la mayoría de los procesos revolucionarios del siglo XX (pensemos en las revoluciones de Rusia, la China y Cuba). Aún hoy se mantiene vigente, merced a la amplitud de su pensamiento, no sólo en Filosofía sino también en Sociología, Economía, Derecho, etc.
Sucede que Marx entendió la Filosofía como praxis (unión de crítica y acción) y no como pura teoría; recordemos si no una de sus frases más conocidas:
“Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversas maneras; de lo que se trata es de transformarlo” Tesis sobre Feuerbach, en F. Cañáis, Textos de los grandes filósofos: edad contemporánea, Herder, Barcelona, 1990, págs. 19 a 22, citado por Diccionario de Filosofía Herder.
Estas palabras significaron un giro en la Historia de la Filosofía, al darle a esta una finalidad práctica y política. La Filosofía debe comprometerse con la acción, no ser pura actividad teórica sino conducir críticamente los cambios que el mundo necesita para resolver los problemas del hombre. Cuando Marx habla de transformar el mundo se refiere a la sociedad capitalista de su tiempo, algunas de cuyas características eran las siguientes: obreros que trabajaban para sus patrones hasta lo horas diarias en condiciones casi de esclavitud, sueldos escasísimos que obligaban a su vez a trabajar a niños y mujeres que acababan de dar a luz, y marcadas diferencias sociales entre una minoría rica y la gran mayoría pobre.
Marx sostiene que el capitalismo es un orden social injusto, cuyas contradicciones internas se agudizarán como consecuencia de los conflictos y las luchas entre la burguesía, propietaria de los medios de producción, y los obreros que trabajan en sus fábricas. La consecuencia de esas luchas será el cambio revolucionario del orden social capitalista por uno nuevo que supere esas diferencias de clase: el socialismo y su etapa posterior, el comunismo. Sin embargo, el capitalismo no es producto del azar, sino una etapa necesaria en el curso del devenir histórico. Explicar esto nos obliga a remitir¬nos a la teoría mediante la cual Marx explica ese devenir: el materialismo histórico.
Según esta interpretación, en el desarrollo de la Historia el factor económico cumple un papel determinante en los cambios sociales. Hagamos ahora una breve síntesis ayudados por algunos conceptos ligados a esta doctrina.
Para Marx, toda sociedad tiene una base y una superestructura.
La base o el modo de producción son sus condiciones materiales, económicas y sociales; aquí distingue dos elementos:
a) las fuerzas productivas, que son instrumentos con los que se producen los bienes materiales y también las personas que los emplean para elaborarlos, y
b) en correspondencia con las anteriores se contraen determinadas relaciones de producción, dentro de las cuales se incluye la organización del trabajo, y las relaciones de propiedad, es decir, quién es el propietario de los medios de producción y quiénes son los que producen.
La superestructura está constituida por el sistema político, las leyes, y también la moral, la religión, la Filosofía, el Arte, la Ciencia, etc.
Entre base y superestructura hay una relación recíproca, es decir, los cambios en la base económica producen cambios en la superestructura, y a su vez los cambios superestructurales inciden en la base económica; pero es el modo de producción (la base), en última instancia, el que determina la organización política y el pensamiento de la sociedad.
La Historia progresa atravesando distintas fases, que se expresan en formas cada vez más complejas de organización económica y política de la sociedad. Cada tipo de sociedad representa un momento de progreso con respecto a la anterior, y en cada una de ellas hay dos clases sociales antagónicas: en la sociedad esclavista de la Antigüedad el antagonismo se produce entre ciudadanos libres y esclavos; en la sociedad feudal del Medioevo entre señores y siervos, y luego entre nobles y burgueses; finalmente, en la sociedad capitalista esa oposición es entre burgueses y obreros. Lo que da impulso a ese progreso son los cambios que se producen en la base como consecuencia de la lucha entre los pro¬pietarios de los medios de producción y quienes producen con ellos. Por eso, Marx ha dicho que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases.
Ese devenir histórico no depende de la voluntad de los hombres, sino que está regido por leyes, leyes dialécticas. Esto significa que la Historia avanza en medio de contradicciones y negaciones, derribando las viejas formas de organización social y sustituyéndolas por otras nuevas.
De este modo, la sociedad capitalista no es producto de una libre elección humana sino un paso necesario en el desarrollo de la Historia. Marx reconoce que la burguesía ha jugado un papel revolucionario en el derribamiento de la sociedad feudal, al
darle impulso al comercio y con ello a la navegación y la extensión de vías ferroviarias; esto a su vez influyó en e! desarrollo de la industria, con el consecuente surgimiento de la clase obrera o proletariado. Pero como la lógica de la Historia resuelve las contradicciones mediante procesos violentos, el proletariado asumirá (como la burguesía en su momento contra los nobles) el rol histórico de destruir la sociedad capitalista e instaurar una nueva sociedad sin clases antagónicas.
Para Marx, entonces, la historia tiene un sentido; no es progreso indefinido como sostenían los pensadores de la Ilustración, sino movimiento y progreso que persigue un fin. Esta interpretación, si quiere ser comprendida de manera acabada, no puede desprenderse de su concepto de hombre, dado que ese fin de la Historia coincide con el reencuentro del hombre consigo mismo.

El hombre como ser histórico

Los conceptos de hombre que hemos expuesto hasta aquí lo definen con relación a determinaciones espirituales (animal racional, alma inmortal) o naturales (deseo de poder, bondad natural) y nos ofrecen de él una imagen universal y abstracta; es decir, válida para todo tiempo y lugar, y por eso ahistórica.

Marx, en cambio, hace hincapié en el carácter histórico del ser humano; en su análisis parte del hombre real, del individuo concreto que hace su propia historia:
La primera premisa de toda historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos humanos vivientes. El primer estado de hecho comprobable es, por tanto, la organización corpórea de estos individuos y, como consecuencia de ello, su comportamiento hacia el resto de la naturaleza. No podemos entrar a examinar aquí, naturalmente, ni la contextura física de los hombres mismos ni las condiciones naturales con que los hombres se encuentran: las geológicas, las oro-hidrográficas, las climáticas y las de otro tipo. Toda historiografía tiene necesariamente que partir de estos fundamentos naturales y de la modificación que experimentan en el curso de la historia por la acción de los hombres.
Podemos distinguir al hombre de los animales por la conciencia, por la religión o por lo que se quiera. Pero el hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus medios de vida, paso este que se halla condicionado por su organización corporal. Al producir sus medios de vida, el hombre produce indirectamente su propia vida material [...] Tal y como los individuos manifiestan su vida, así son. Lo que son coincide, por consiguiente, con su producción, tanto con lo que producen como con el modo cómo producen [...] Marx, K., La ideología alemana, Barcelona, Grijalbo, 1970, págs. 19 y 20.
[...] el hombre no es ningún ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hom¬bre es el mundo de los hombres, el Estado, la sociedad. Marx, K., Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, en: Obiols, G., Problemas Filosóficos. Antología básica de filosofía,
Aparece aquí una idea fundamental: en el proceso histórico el hombre se crea a sí mismo, y el factor principal de ese proceso es su relación con la naturaleza. Para explicar esa relación, Marx introduce un concepto central de su teoría: el trabajo:
El trabajo es en primer término, un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que este realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza. En este proceso, el hombre se enfrenta como un poder natural con la materia de la naturaleza. Pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los brazos y las piernas, la cabeza y la mano, para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza ex¬terior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza [..,] Marx, K., El capital, México, FCE, 1973, pág. 130.
Mediante el trabajo, el hombre transforma la naturaleza, y al transformarla deja en ella su huella, manifiesta lo que es a través de ella. Esas transformaciones repercuten a su vez en el hombre: se crean nuevas con¬diciones de existencia que le plantean nuevas necesidades y lo llevan a modificar su relación con la naturaleza, y de ese modo a desarrollar otras potencialidades. De allí que, al modificar la naturaleza a través del trabajo, el hombre se modifica a sí mismo, se autorrealiza.
De las nuevas necesidades que emergen de esa relación, devienen las relaciones sociales. El núcleo primario de esas relaciones es la familia, pero a medida que se multiplican las necesidades también se van creando nuevas relaciones más amplias y complejas.
Como producto de las necesidades y las relaciones sociales que traen aparejadas, nace la conciencia, y con ella el lenguaje como su manifestación práctica imprescindible de comunicación humana. Para Marx, no hay de antemano conciencia "pura"; la conciencia es un producto social que al principio es gregaria, pero "se desarrolla y perfecciona después, al aumentar la producción, al incrementarse las necesidades y al multiplicarse la, población, que es el factor sobre el que descansan los dos anteriores" (Marx, K., Op. cit., pág. 212).
Con el desarrollo de la conciencia y la consolidación de las relaciones sociales se produce la división del trabajo, que al principio es una división natural de acuerdo con las necesidades y las aptitudes físicas de los individuos, pero "sólo se convierte en verdadera división a partir de! momento en que se separan el trabajo físico y el intelectual" (Op. cu., pág. 213).
La división del trabajo flene diversas consecuencias: la distribución desigual del trabajo y los bienes producidos y ligada a esto la aparición de la propiedad privada, la formación de clases sociales con sus conflictos de intereses y luchas y la aliena¬ción del hombre. De esta última -que no está, por supuesto, desligada de las otras-nos ocuparemos en el siguiente apartado.


El hombre alienado

No es posible para Marx comprender el concepto de hombre como ser activo y productivo si no se lo vincula con el concepto de alienación (o su sinónimo: enajenación).
"Alienado" proviene del latín alienus y significa "darle a otro algo que es propio". Marx adoptó el concepto por influencia de dos filósofos alemanes: Friedrich Hegel y Ludwig Feuerbach.
En Feuerbach el concepto aparece vinculado a la crítica de la religión. En su obra La Esencia del cristianismo, sostiene que no es Dios quien crea al hombre, sino el hombre el creador de Dios. Al crear a Dios, el hombre proyecta en él sus cualidades y deseos, le otorga objetividad, se le somete y lo venera. La alienación es, entonces, religiosa, porque el hombre coloca en un ser divino sus características específicas, su esencia. Según Feuerbach, sólo cuando el hombre tome conciencia del carácter enajenante de las ideas religiosas podrá terminar con la alienación, y recuperar así su condición de libre productor y dueño de sus creencias.
Para Feuerbach la alienación se reduce a un problema de conciencia; por lo tanto, para cambiar la realidad habrá que cambiar la conciencia. Según Marx, la crítica feuerbachíana de la religión hace abstracción del proceso histórico y presupone un hombre aislado y abstracto. No es suficiente cambiar la mente del hombre porque el hombre no es sólo conciencia; es un individuo concreto y, por ende, para que desaparezca la alienación hay que transformar al hombre en sus relaciones concretas.
Si bien no desconoce la existencia de una alienación de carácter religioso, para Marx la alienación es centralmente económica. Con el desarrollo de la división del trabajo y la propiedad privada, el trabajo deja de ser expresión de las potencialidades creadoras del hombre; el producto de su trabajo ya no le pertenece sino que se manifiesta como algo extraño, ajeno a él, que se le opone como un poder autónomo y lo domina. En el trabajo alienado, el proceso de producción no existe en función del hombre, sino el hombre en función del proceso de producción. El trabajo, al convertirse en trabajo alienado, deja de ser un proceso de auto-rrealización humana y se convierte en un medio de subsistencia, alejándolo de su vida como especie y acercándolo a los animales.
Aunque la enajenación en el trabajo existe a lo largo de la Historia, llega a su punto más alto en la sociedad capitalista. Dentro de ella el obrero es el más alienado porque depende del capitalista que lo emplea, al igual que a la maquinaria, como un instrumento para ganar dinero. Cuando Marx habla de las condiciones de explotación en dicha sociedad, no sólo se refiere a la desigual distribución del ingreso, sino y principalmente, a un modo de producción que destruye al hombre y lo esclaviza -tanto al obrero como al capitalista- a las cosas que él mismo ha creado (por ejemplo: el 'hombre se somete al Estado, a otros hombres, al dinero, etc.).
Ahora bien, siendo la clase obrera la más enajenada, no sólo asume en la Historia el papel de su propia emancipación, sino también de emancipar a toda la humanidad de la enajenación. La eliminación de la propiedad privada de los medios de producción y la consecuente servidumbre que genera serán los primeros pasos para la instauración de una sociedad en la que el hombre sea un fin en sí mismo y no un medio para realizar un fin; una sociedad en la que la Ubre actividad le permita recuperar al hombre su capacidad de autorrealización. Para terminar, citemos una frase de Erich Fromm:
“Para Marx la historia de la humanidad es una historia del desarrollo creciente del: hombre y, al mismo tiempo, de su creciente enajenación. Su concepto de socialismo es la emancipación de la enajenación, la vuelta del hombre a sí mismo, su autorrealización”.
Fromm, Erich, Marx y su concepto del hombre, México, FCE, 1984, pág. 55.


Fuente: Claudio Arca, FILEC II, Kapelusz, Buenos Aires, 2000



Unidad III: Antropología filosófica

Jean Jacques Rousseau: El hombre es naturalmente bueno



Rousseau (1712-1778) fue un filósofo de la Ilustración; sin embargo, disintió con algunas de las ideas de este movimiento, en particular no creía -como el resto de los pensadores ilustrados- que el conocimiento redundara en progreso y bienestar para los hombres. Así lo manifestó en su Discurso sobre las ciencias y las artes, donde realizó una severa crítica a la civilización, al sostener que las costumbres de los hombres se van corrompiendo a medida que aumentan sus conocimientos. En la misma orientación se ubica su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, donde afirmó que todos los males del hombre los origina la sociedad; el hombre es naturalmente bueno, la sociedad lo corrompe.
Precisamente en esta segunda obra, Rousseau reflexionó acerca del hombre en estado de naturaleza contraponiéndolo a la situación del ser humano en las sociedades civilizadas. Rousseau se imaginó al hombre en estado de naturaleza como un ser libre que, sin trabajo ni hogar, toma de la tierra lo que necesita para vivir: “(…) Lo veo saciándose bajo una encina, aplacando su sed en el primer arroyo y hallando su lecho al pie del mismo árbol que le ha proporcionado el alimento; he ahí sus necesidades satisfechas (…)”. (Rousseau, J. J., Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, Madrid, Espasa-Calpe, 1923, pág. 46.)
A continuación lo diferencia del animal en los siguientes términos: “(…)Dispersos entre ellos [es decir, los animales], los hombres observan, imitan su industria, elevándose así hasta el instinto de las bestias, con la ventaja de que, si cada especie sólo posee el suyo propio, el hombre, no teniendo acaso alguno que le pertenezca, se los apropia todos, se nutre igualmente con la mayor parte de los alimentos que los otros animales se disputan.(…)”Ob. cit., pág. 46.
Además, como se vale de su cuerpo para enfrentar las diversas situaciones en las que se ve expuesto, el hombre natural es necesariamente fuerte y ágil; estas cualidades lo aventajan ante el hombre civilizado. [...] Si hubiera tenido hacha, ¿habría roto con el puño tan fuertes ramas? Si hubiese tenido honda, ¿lanzaría a brazo con tanto fuerza las piedras? Si hubiera tenido escalera, ¿treparía con tanta ligereza por los árboles? Si hubiese tenido caballos, ¿sería tan rápido en la carrera? Dad al hombre civilizado el tiempo preciso para reunir todas esas máquinas a su derredor; no cabe duda que superará fácilmente al hombre salvaje. Mas si queréis ver un combate aún más desigual, ponedlos desnudos y desarmados frente a frente, y bien pronto reconoceréis cuáles son las ventajas de tener continuamente a su disposición todas sus fuerzas, de estar siempre preparado para cualquier contingencia y de conducirse siempre consigo, por así decir, todo entero. Ob. cit., pág. 47 y 48
Por otra parte, afirma que la vida del hombre es más saludable en estado de naturaleza que en la civilización. Mientras el hombre en estado de naturaleza debe enfrentar sólo las heridas y la vejez, en la civilización se ha proporcionado a sí mismo más enfermedades, que remedios le puede brindar la medicina: La extrema desigualdad en el modo de vivir, el exceso de ociosidad en unos y de trabajo en otros, [...] los alimentos tan apreciados de los ricos, que los nutren de sustancias excitantes y los colman de indigestiones; la pésima alimentación de los pobres [...] las vigilias, los excesos de toda especie [...] los pesares y contrariedades que siente en todas las situaciones, los cuales corroen perpetuamente el alma: he ahí las pruebas funestas de que la mayor parte de nuestros males son obra nuestra, casi todos los cuales hubiéramos evitado conservando la manera de vi¬vir simple, uniforme y solitaria que nos fue prescrita por la naturaleza. Ob. cit., págs. 47 y 48.
Además, el hombre "salvaje" no sólo vive en paz con la naturaleza sino también con los otros hombres, con quienes a veces tiene pequeñas disputas por alimento. En la civilización las cosas son muy distintas: el hombre se vuelve ambicioso y violento “(…) Trátase primero de proveer a lo necesario y después a lo superfluo; luego vienen los placeres y después las riquezas inmensas, y después los esclavos. No hay un solo momento de reposo, y lo mas singular es que cuanto menos urgentes son las necesidades más aumentan las pasiones y peor todavía, el poder de satisfacerlas; de modo que, después de prolongadas prosperidades, después de haber devorado enormes tesoros y arruinado a multitud de hombres, mi héroe acabará por destruir todo hasta que sea el dueño del universo (…)” Ob. cit., pág. 152.
Para Rousseau el estado de naturaleza es bondad, felicidad, espontaneidad, donde cada uno se basta a sí mismo. Sin embargo, el hombre comienza a romper con la vida natural cuando aparece la propiedad privada, y con ella la sociedad civil y todos sus males:
“(…) El primer hombre a quien, cercando un terreno, se le ocurrió decir estoes mío y halló gentes bastantes simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: "¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tie¬rra, de nadie!" (…)”
Como puede observarse en los párrafos citados, Rousseau realizó una reivindicación extrema de la vida del hombre en estado de naturaleza, en detrimento de la vida en la sociedad civilizada. Pero si bien en su Discurso sobre la desigualdad nos propone una vuelta a la naturaleza, en sus obras posteriores reconoce la imposibilidad de retornar a ese estado originario. Sin embargo, en su Contrato social propone instaurar una sociedad que compatibilice libertad e igualdad individuales -propias del estado de naturaleza- con autoridad y obligación propias de la asociación. Según Rousseau esto es posible si los hombres celebran un contrato mediante el cual constituyan un Estado que, representando la voluntad general, potencie la libertad individual. Al igual que para Hobbes, su concepto de hombre está directamente relacionado con su proyecto político. Pero a diferencia de aquel, no se trata de instaurar un Estado autoritario que someta a los individuos a su voluntad, sino un Estado democrático que permita el libre desarrollo de la personalidad humana. Mientras el pensador inglés consagró con sus ideas el orden existente, el ginebrino propuso un cambio revolucionario, de allí que sus ideas inspiraran junto a las de otros pensadores la Revolución Francesa de 1789.

Fuente: Claudio Arca, “Filosofía y formación ética y ciudadana II”, editorial Kapeluzs, Buenos Aires, 2000.


viernes, 4 de septiembre de 2009

Unidad III: Antropología filosófica

La respuesta de Thomas Hobbes: El hombre como lobo del hombre




Según el filósofo inglés Tomas Hobbes (1588-1679), el hombre es un ser descontento que vive en un perpetuo estado de deseo, deseo de placer; por tanto, sus acciones se guían en esa dirección. Pero la obtencion de un objeto de placer es siempre un medio para otro placer; no existe en el hombre un estado de reposo, no hay objeto que pueda otorgarle plena felicidad. Su vida es movimiento continuo, su bienestar consiste en continuar deseando.
Ese permanente desear explica su deseo de poder; la única forma que tiene el hombre de asegurarse los medios obtenidos para vivir bien es obteniendo nuevos poderes y nuevos medios. De aquí se infiere la natura¬leza egoísta del ser humano, que necesita acumular riquezas y someter a otros hom¬bres para asegurarse el goce de sus placeres.
Precisamente en el capítulo XIII del Leviatán, Hobbes realiza una despiadada descripción de cómo sería el hombre en esta¬do de naturaleza, es decir, en ausencia de leyes y un Estado que lo discipline.
Según Hobbes, la naturaleza hizo a los hombres iguales tanto en lo que respecta a su fuerza corporal como a sus facultades mentales. De esta igualdad de capacidades se deriva la persecución de los mis¬mos fines, lo que origina discordia entre ellos:
“(…) Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin [...] tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De aquí que un agresor no tema otra cosa que el poder singular de otro hombre; sí alguien planta, siembra, construye, o posee un lugar conveniente, cabe probablemente esperar que ven¬gan otros, con sus fuerzas unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino también de su vida y de su libertad. Y el invasor, a su vez, se encuentra en el mismo peligro con respecto a otros (…)”.
Hobbes, Tomás, Leviatán, México, F.C.E., 1940, pág. 134.
Los hombres desconfían unos de otros, y la única forma de protegerse es anticiparse a los demás y dominarlos, y de esa manera evitar la posibilidad de ser a su vez sometidos por los otros. Para Hobbes esa conducta es razonable, dado que lo requiere la conservación de su vida. Además, el hombre exige a los otros hombres que lo valoren y respeten tanto como él se valora y respeta a sí mismo, y si no lo hacen buscará lograrlo causándole daño a alguno de ellos para que le sirva de ejemplo ajos restantes. De todo esto, Hobbes concluye que en la naturaleza del hombre las causas de la discordia son tres: la competencia, la desconfianza y la gloria:
“(…) La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda, para defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea, directamente en sus persona, en su descendencia, en sus amigos, en su nación, en su profesión o en su apellido (…)”.Hobbes, Tomás, Op. Cit, Pág. 135.
En estado de naturaleza los hombres vivirían, entonces, en guerra permanente unos contra otros. Sin un poder común que los someta y los atemorice, no se puede hablar de ley ni de justicia o injusticia, pues estas son cualidades referidas a los hombres en sociedad y no solitarios. Sólo introduciendo leyes y ese poder común del que hablamos es posible hacer una distinción entre mío y tuyo; de lo contrario, “la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales” (Op. Cit pág. 137).
Ahora bien, la situación descripta -muy semejante a la del animal-no parece ser muy tolerable para el hombre, porque a pe¬sar de tener la libertad de hacerle lo que quiera a los otros, también es cierto que se ve expuesto a los males que los demás pue¬dan hacerle a él; en particular, el peor de los males: la muerte. De allí que la razón -que lo diferencia de los animales- le sugiera pro¬teger la vida, que es el mayor de sus bienes. Si el hombre pretende vivir en un esta¬do de goce permanente, debe conservar primero su vida, porque perderla significaría perderlos otros bienes que le otorgan placer. Y para asegurar la conservación de la vida que teme perder el hombre, guiado por su razón, busca la paz social mediante normas concensuadas con otros hombres, para poner límites a sus derechos naturales: las leyes de naturaleza.
Estas leyes, que implican obligaciones y restricciones a la libertad, son contrarias a las pasiones humanas, de allí que su observancia depende de la constitución de un poder común: el Estado. El origen ideal de este consiste en un acuerdo o pacto mediante el cual los hombres renuncian a sus derechos naturales -es decir, a su libertad- a favor de un Individuo o asamblea de individuos que les aseguren la paz y la defensa común, para una existencia tranquila. Según Hobbes, una vez establecido el pacto, el Estado tiene poderes absolutos sobre sus súbditos, quedando en sus manos decidir qué es justo o injusto y todas las medidas que considere necesarias para asegurar la paz interior y la defensa contra los enemigos externos. De este modo, el Estado es una especie de Leviatán o gigantesco hombre artificial, cuyo cuerpo está formado por un gran número de individuos que han sometido su voluntad a la de ese gran organismo.

Como vemos, en Hobbes la cuestión antropológica se relaciona con cuestiones de Filosofía política; su concepto de hombre se articula con el proyecto político que defiende, la monarquía absoluta, de la cual no es otra cosa que su fundamentación.

Fuente:

  • Nelva Morando, Filec II, Ed Kapelusz, Bs.As, 2000.